miércoles, 9 de diciembre de 2015

Monólogo cínico

Alegan los puristas que lidiar un toro en el ruedo, y luego, esconderlo en chiqueros para matarlo indefenso no es digno.

¿Pero por qué no, si salvamos las apariencias, y el negocio?

¿Al fin y al cabo no matamos a todos los animales igual?

A mansalva, sin pompa, en inferioridad y sin oportunidad.

A todos, menos al toro en esta vetusta corrida que aún honra la muerte ritual, honorable, cara a cara, como su razón de ser y justificación. 

Interesante opinión de Jorge Arturo Díaz que invitamos a leer…



Pero si queremos venderla más, a nuevos públicos, debemos cambiarla…

Ofende andar evocando a estas alturas, que alguna vez fuimos menos bribones y arriesgábamos de frente con el ser que pretendíamos devorar. Insulta recordar esa edad primitiva cuando éramos ecológicos (no ecologistas), cuando no avasallábamos la naturaleza y habitábamos en ella compitiendo con lealtad, y masticábamos carne mirándonos sin esa hipocresía tan chic, tan culta, tan “in”, que finge desconocer el crimen que la provee.

Ahora, cuando hemos progresado tanto y proliferado hasta no caber; aniquilando especies enteras, explotando y ensuciando el planeta, chupándole su más recóndita energía, cometiendo toda clase de iniquidades, tenemos que ponernos a tono con los tiempos.

Tenemos que civilizarnos, modernizarnos, atemperar también la vieja corrida. Superarla.

Romper el paradigma. No más esa fiesta rancia, de sol y moscas.

¡Aire acondicionado señores!

No más enrostrarnos la animalidad que nos avergüenza, y ocultamos con tanto esfuerzo.

¡Es insufrible!

Los toros al matadero, a la carnicería, o a donde sea que no veamos quienes ni como los liquidan, quedémonos en el ruedo solo con la coreografía… posturas, música, rosas, velas...

Innovemos.

Neguemos la muerte para que no exista. Valgan mentira, publicidad, política, legislación.

Para eso somos el espécimen más racional, más calculador, y más rey de la zoología.

Fuera esa bárbara liturgia de la muerte gloriosa, ese vestigio medioeval e incivil.

Si nuestro destino biológico es matar para vivir, desde bacterias hasta ballenas, pasando, claro, por los congéneres incómodos, y si hemos inventado como hacerlo sobre seguro, en masa, legitimando la vileza con la utilidad, para qué mantener cultos arcaicos.

Para qué tanto riesgo, código, y ceremonia.

Para qué seguir añorando la inocencia perdida. Para qué seguir negándonos a evolucionar y a lucrar más.

Fuente: Jorge Arturo Díaz Reyes. / CronicaToro
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